viernes, 29 de octubre de 2021

24 horas después

 Días insólitos… ¿ficción o realidad?

 

 24 Horas después

 

Don Cristóbal era poco temeroso de las leyendas y demás misterios de la vida, pero nunca pensó que a sus 69 años de edad, un sutil presagio le anunciaba que ese día a la puerta llegaría la muerte a entregarle personalmente su más inmediata invitación

 Omar Soto Andrade


Presagio

Todos conocemos el registro de nuestro día de nacimiento, nadie sabrá con certeza cuándo será el último, ni cómo será; ¿Agónico? ¿Rápido y sin dolor? ¿Dramático o en total calma? De saberlo, nadie haría absolutamente nada ese día marcado por la profética fatalidad, o por lo contrario, harían aquellas cosas que debido a las censuras que marcaban las circunstancias de la vida, nunca llegaron a hacer, o a decir. Muchos estarían ese último minuto de sus vidas en calma, sin pendientes por hacer o decir, otros caerían en el desespero, sin duda alguna, la mayoría se irían por la segunda mencionada. El desespero.

Aquel anciano ocupado en sus oficios hogareños, solitario sin más compañero que un gato adulto que había adoptado hacía un par de años cuando este maullaba en su puerta sin dar tregua, solo callaba cuando Don Cristobal le ponía un tazón de leche o alguna migaja que le satisficiera al instante, callándose por unos minutos para luego repetir la rutina. Luego de unos días de lidiar con aquel felino insistente, le abrió la puerta de su casa definitivamente.

El  día en que Don Cristobal iba a morir, una brisa fría acechaba las paredes de su residencia, el sol calentaba el frente de su casa, pero más insistente era el soplo tenue que acariciaba las ventanas de vidrio y madera, produciendo un silbido aterrador. 

 El gato de angora que desde hacía tiempo le acompañaba en su soledad, no se movía de la ventana desde el día anterior, queriendo salir, atento al mínimo descuido de su dueño para así poder escaparse, hecho que en varias horas de fallido intento parecían agotar al pobre felino,  algo había en el departamento que el pobre animal no se sentía cómodo desde aquella extraña madrugada.

Dicen que algunos animales, tienen un sexto sentido, no se sabe en realidad si científicamente esto sea así, pero lo cierto es que algo espeluznante había en el señor, que ni su más fiel mascota, lo deseaba cerca.

Un reloj despertador antiguo marca Fornitex empezó a sonar la alarma, era una reliquia que le habían traído unos viejos amigos de  la Argentina, como regalo de cumpleaños hacía décadas, y nunca se había atrasado ni descompuesto. Esa mañana no fue la excepción, justo a las 5:00 de la madrugada  cumplió su función de marcar la hora y anunciar un nuevo día.

El anciano, al escuchar el despertador, abrió los ojos despabilado y pensó,- Un día más…-.

Un par de pantuflas recibieron sus pies, ubicadas al pie de la cama, mismo sitio donde las había dejado la noche anterior, para ser calzadas y acompañarlo en su rutinario recorrido por el baño, la cocina y la sala donde habitualmente se disponía a leer el diario.

Sentado en su cama aún algo anonadado por el sueño, efectivamente calzó sus sandalias y se levantó para ir al baño. Allí Don Cristóbal experimenta una sensación insólita, encuentra el grifo del lavamanos abierto y el piso abundantemente  salpicado de agua. – ¡Qué es esto!, ya ni la memoria me está sirviendo-, exclamó frustrado y algo molesto, justo antes de mirarse al espejo, cosa que no llegó a hacer en ese instante  debido a que nunca levantó la mirada del piso, donde había un reguero de agua, así que con las mismas salió del baño, pero antes, sólo alcanzó a cerrar la llave del agua.

Camino a la cocina Don Cristóbal se percató que el reloj de pared marcaba ya diez minutos para las seis. –Vaya, cómo se va la mañana, el día, la vida…- dijo en tono de humor justo antes de abrir la nevera.

-No me provoca nada-, pensó, luego de merodear frente a su nevera. Así que cumplido el recorrido rutinario, ahora sí, se dirigía al sofá para leer su diario.

Sentado, cómodo y listo para las noticias matutinas, al tomar el ejemplar, se escuchó la primera exclamación de Don Cristóbal. – ¡Me vendieron el mismo diario de ayer! (todas las mañanas un pregonero le tocaba la puerta, justo a las 5:10 am para vendérselo), Cristóbal supuso que al no abrirle la puerta ese día, el joven  lo había dejado en la mesa como acostumbraba en tiempos anteriores.

-¡Este es el diario de ayer, yo estaré falto de memoria pero de esto sí me acuerdo, ya lo leí…!

En un desesperado intento, el gato que desde hacía horas, intentaba abrir la ventana para salir, finalmente pudo cumplir su cometido, dejando entrar la brisa fría que tanto abucheaba en la ventana para querer invadir repentinamente aquella casa.

La extraña aura, no era la acostumbrada. Para Don Cristóbal era un aire molesto, escalofriante a tal punto que le hizo poner en pie para cerrarla con mera fuerza.

-¡Pufff!-, sonó aquel vidrio con marcos de madera al ser cerrado de nuevo. Pero algo ocurrió luego de hacer aquella iracunda acción, lo que produjo en el señor de mirada ida, un asombro aún mayor.

Al bajar por completo la hoja de la ventana, un débil reflejo le percató de que en su rostro había una mancha negra, difusa y nada agradable. Aquel reflejo pudo haber sido por el golpe del vidrio el cual se había agrietado, pero el cristal en cuestión estaba intacto.

Así que fue despavorido al baño para recurrir a su espejo de todos los días, donde se afeitaba, hablaba solo, o simplemente se veía mientras se aseaba los dientes.

Al llegar a la sala de baño, el grifo del lavamanos continuaba abierto e inundando todo el suelo, al punto que había un gran charco.

Frente al espejo, Don Cristóbal, se asombró al momento de mirarse nuevamente. El reflejo  de su cara, era una prosaica mancha negra, muy difusa. – ¿Estaré mal de la vista?, pero si es así ¿por qué veo lo demás nítido?-, ya el desespero era inminente, tanto, que procuró en aquel  señor un miedo que nunca había sentido.

Al mirar de nuevo el espejo, sólo hubo algo de nitidez que no precisamente era su cara, sino detrás de él, al nivel de la bañera, yacía un cuerpo boca abajo e inmóvil.

Tenía una toalla blanca mal enrollada sobre su cintura y la mitad de su cuerpo estaba dentro de aquella. Don Cristóbal extrañado, detalló y el pánico repentino se apoderó de él, caminando de espaldas recostado a las paredes, no dejaba de ver aquella escena, ¡no dejaba de ver el cadáver, que no era otra persona que él mismo!, no cabía duda, era él. En la muñeca derecha del cadáver, se visualizaba su reloj el cual marcaba las 5: 25am, del día anterior, hora en que se detuvo debido al impacto que recibió al caer contra la bañera.

-Por eso el lavamanos abierto, y al golpearme fuertemente la cabeza olvidé todo, ahora entiendo por qué hoy no abrí la puerta al pregonero para comprar el nuevo impreso, fue justo cuando me afeitaba… debió ser en ese momento.

Su corazón hastiado de latir rutinariamente por tantos cumpleaños, ese día había traído la fatalidad a Don Cristóbal, aquella mañana del día anterior, sólo que luego de 24 horas, su alma se había percatado de tal hecho.


sábado, 7 de diciembre de 2019

La difícil decisión de emigrar

Recientemente, he creado un proyecto comunicacional destinado a generar información y contenidos variados referentes a la movilidad humana. Soy periodista venezolano, actualmente residenciado en la República del Ecuador. Ahora bien, ¿porqué decidí hacer este proyecto?, creo fielmente que cada experiencia vivida y decisión tomada en el pasado nos llevan indiscutiblemente a lo que somos y hacemos en la actualidad.

En mi país, desde pequeño veía a las personas extranjeras con respeto, valoré siempre sus oficios y por supuesto, crecí viendo ese ejemplo de mis padres y familiares mayores, en mi casa trabajaron varias señoras de nacionalidad colombiana a quienes la historia familiar les daría un merecido lugar de respeto y cariño. El tiempo sin demora y muy preciso avanza, y la situación en Venezuela hace que mis maletas sean desempolvadas para probar nuevas suertes en la región latinoamericana. Iniciando mi travesía por el hermano país, mi profesión y oficio ejercido intensamente en Venezuela, parecía haber iniciado su año sabático. Al cruzar fronteras en muchas ocasiones los títulos profesionales van tomando su lugar en los archivos nómadas con las pocas pertenencias que me acompañan en la travesía. En la mayoría de los casos, quienes tienen en sus países de origen algún título profesional sólo podrán con suerte ejercer algún oficio destinado a labores más prácticas, excediendo las horas reglamentarias y por supuesto con un salario aún más bajo de lo legalmente establecido.

Luego de vivir por algunos meses en Bogotá, junto a mi familia decidí llegar a Ecuador, tratando desde el primer momento reunir los requisitos para hacer mi morada regular en ese país. No lejos de la realidad de muchos, mis inicios se limitó a vender empanadas para de alguna forma costear los dos pilares más importantes de cualquier migrante; el arriendo y la alimentación. Luego de algunos meses, me atrevería decir, en los últimos meses logro sentir de algún modo un extraño vínculo por esta tierra que hace un año me abrió sus fronteras. Debo reconocer que sólo por el hecho de haber tenido acá el nacimiento de mi segunda hija, la cual el estado ecuatoriano inmediatamente le dio nacionalidad hace estrecho mi vínculo con la sierra ecuatoriana, entre muchas otras gratas vivencias, poco a poco me siento agradecido por haber llegado al Ecuador.
Ahora bien, ¿qué hay detrás de sentir algo de paz, luego de casi un año de estadía en un país distinto al de tu nacionalidad?, ¡pues mucho!, lo explicaré breve.

Al salir de tu país, dejas atrás con cierto sentido de culpa mucha gente valiosa y especial para ti. Al salir de tu país, aunque no estés preparado, deberás felicitar en días especiales (cumpleaños, Navidad etc) mediante una App que te permita verles en videollamada. Al salir de tu país, durante quien sabe cuanto tiempo deberás escuchar las peticiones de mucha gente cercana o no, con necesidades que tú de momento no podrás ayudarles, porque simplemente a duras penas te alcanzará para comer y reunir el arriendo (si eres responsable claro). Al salir de tu país, deberás limitarte a escuchar o leer que un familiar o allegado ha fallecido, y lo peor, ni pienses que vas a darle su último adiós... Al salir de tu país, por más que estés rodeado de gente cálida y buena, sentirás el vacío que deja estar lejos de la familia. Al salir de tu país, comprenderás lo que muchas personas sentían cuando llegaban a tu país buscando exactamente lo mismo: una mejor vida, con suerte mi experiencia con aquellas personas siempre fue la mejor, pero si en tu caso no lo fue, es tiempo de reflexionar y aunque el tiempo ha pasado, nunca es tarde para cambiar de óptica. Al salir de tu país, entiendes como nunca lo que significa haber tomado la difícil decisión de emigrar.